Hubo un tiempo en el que los influencers caían bien.

No a todo el mundo, claro. Pero tenían algo que explicaba buena parte de su éxito: parecían personas normales haciendo cosas cotidianas, cercanas a la realidad de sus seguidores.

Un chaval grabando vídeos desde su habitación. Una chica enseñando sus viajes con una cámara. Alguien hablando de videojuegos, moda, coches, deporte o cualquier otra cosa desde un piso compartido, sin plató, sin representantes y sin demasiada producción.

Los seguíamos porque eran uno de los nuestros.

Y entonces llegó el éxito.

El Lamborghini nunca fue el problema

Hace años escuché a un youtuber decir que uno de sus grandes objetivos era comprarse un Lamborghini Huracán Performante.

Mi primera reacción fue pensar: Qué cosa más ridícula.

Podía querer escribir un libro, montar una empresa, descubrir una vacuna o alcanzar la paz mundial.

Pero no.

Quería un Lamborghini.

Con el tiempo entendí que el equivocado probablemente era yo.

Porque cada uno puede soñar con lo que le dé la gana. Y aquel tipo, por lo menos, estaba siendo sincero.

Quería un Lamborghini. Lo decía. Su audiencia lo sabía, y sus seguidores asistían al proceso de intentar conseguirlo.

No había trampa.

El problema empieza después

Muchos de aquellos creadores crecieron.

Llegaron los millones de seguidores, las campañas publicitarias, los viajes, las casas, los restaurantes, los hoteles de cinco estrellas y, sí, también los Lamborghinis.

Y me parece estupendo. El problema no es que alguien gane muchísimo dinero haciendo vídeos en Internet.

El problema aparece cuando, después de haber alcanzado un nivel de vida que probablemente jamás habría imaginado cuando empezó, sigue intentando venderse como el pobre chaval que lo está pasando fatal.

Porque viajar constantemente es agotador, porque estar en hoteles todo el día es muy duro, porque crear contenido genera mucha presión, porque tener millones de seguidores provoca ansiedad, porque la fama tiene una cara que nadie conoce.

Y seguramente muchas de esas cosas sean verdad. El éxito tiene problemas. El dinero no elimina las preocupaciones. Y tener una vida privilegiada no convierte automáticamente a nadie en una persona feliz.

Pero hay una diferencia importante entre tener problemas y perder la perspectiva.

El seguidor también tiene problemas

Porque mientras tú explicas desde Bali lo agotador que resulta viajar por trabajo, uno de tus seguidores está esperando el autobús a las siete de la mañana para ir a una fábrica.

Mientras cuentas la presión que supone subir tres vídeos semanales, alguien que te está viendo tiene dos trabajos para pagar el alquiler.

Mientras explicas lo complicado que es gestionar tu éxito, probablemente una parte de tu audiencia esté intentando gestionar algo bastante más sencillo: llegar a final de mes.

Eso no significa que tengas prohibido quejarte.

Significa que el contexto importa, y especialmente importa cuando tu negocio depende de que millones de personas sigan sintiendo que existe una conexión contigo.

De la admiración a la desconexión

Aquí está el verdadero problema. Durante años, la industria de los influencers se construyó sobre una promesa muy poderosa: “Yo soy como tú.”

No eran actores, no eran estrellas de Hollywood, no eran presentadores de televisión. Eran chavales con una cámara.

Precisamente por eso funcionaban tan bien para las marcas. Su capacidad de prescripción no nacía únicamente de su audiencia, sino de algo mucho más importante: la credibilidad.

Pero cuando cambia radicalmente tu vida y sigues utilizando exactamente el mismo relato, algo empieza a chirriar.

Ya no eres exactamente como tu audiencia, y no pasa nada. El error es fingir que nada ha cambiado.

La influencia no desaparece con el éxito

Hay una idea que creo que algunas personas están entendiendo mal, los seguidores no odian necesariamente que alguien tenga éxito. Al contrario!

Muchas comunidades disfrutan viendo crecer a las personas que llevan años siguiendo, celebran que puedan comprarse una casa, que monten una empresa, que viajen, que ganen dinero, incluso que se compren el Lamborghini…porque también sienten que han participado de alguna manera en ese camino.

Lo que rompe esa relación no es el éxito, es la falta de autenticidad.

Es escuchar a alguien enormemente privilegiado construir permanentemente un relato de víctima.

Es convertir cualquier inconveniente en un drama.

Es pedir empatía constantemente sin demostrar demasiada hacia quienes están al otro lado de la pantalla, y entonces sucede algo peligroso para cualquier persona que vive de su imagen: la audiencia deja de creerte.

Y cuando dejamos de creer, dejamos de seguir

La influencia nunca ha consistido únicamente en acumular seguidores.

Puedes tener cinco millones de personas siguiéndote y haber perdido buena parte de tu capacidad real para influir sobre ellas porque la influencia necesita confianza, necesita identificación, necesita coherencia.

Y, sobre todo, necesita credibilidad.

Puedes cambiar, puedes hacerte rico, puedes vivir en Miami, puedes viajar en primera clase, puedes comprarte tres Lamborghinis si te apetece.

Pero probablemente también tengas que cambiar la historia que cuentas sobre ti mismo, porque crecer implica asumir que ya no eres aquel chaval que empezó grabando vídeos desde su habitación.

Y reconocerlo quizá sea mucho más auténtico que intentar convencernos permanentemente de que tu vida sigue siendo durísima.

Así que no. No me molesta tu Lamborghini. Ni Bali. Ni el hotel de cinco estrellas. Ni que ganes muchísimo dinero.

De hecho, enhorabuena. Solo hay una cosa que resulta cada vez más difícil de comprar: el relato.

Y cuando una audiencia deja de comprar tu relato, puedes seguir teniendo seguidores. Lo que quizá ya no tengas es influencia.